sábado, 4 de septiembre de 2010

La cuarta resistencia


No resistas al Espíritu que te anhela celosamente, perdona las ofensas que te hagan, se firme ante las acechanzas del diablo y este huira de ti. Se humilde y tendrás gracia, huye del orgullo y no tendrás la resistencia de Dios.

La cuarta resistencia

Recuerda que debemos enfrentar tres resistencias. Primero, nunca te resistas al Espíritu Santo y su consejo. Segundo, no resistas el perdón de las ofensas. Tercero, resiste siempre al diablo porque está escrito que si lo haces, huirá de ti. Aguanta y soporta la tentación para que el maligno salga corriendo de tu vida, familia, negocios y país.

La amistad del Espíritu

Santiago 4:4-5 dice: ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?

El Espíritu santo quiere ser tu amigo no le resistas, no se puede ser amigo de Dios y del pecado al mismo tiempo. Es imposible servir al Señor y al mundo. Evita la religiosidad que justifica una vida de pecado con la práctica de un culto religioso. No te engañes.
Para Dios esta conducta es tan grave que se compara a cometer adulterio con un enemigo. El adulterio por sí mismo es una pecado muy grave, peor si se comete con un amigo de la pareja y es terrible, casi imperdonable, si se comete con el enemigo. A veces es difícil discernir entre lo que es pecado y lo que no.

Cuando se trata de tentaciones, no corras riesgos, si dudas de la pureza de alguna acción, mejor evítala. Recuerda que en la batalla debemos tener a Dios de nuestra parte porque es el mejor aliado pero también el peor enemigo. Si Él está contra ti, no habrá poder humano que te salve de la desgracia. Evade las posibilidades de pecado, si andas por el mundo finalmente caerás. Hay un refrán que dice: “tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe”. No seas ese cántaro que por necio finalmente acaba en desgracia.

Perdona las ofensas


No te resistas al perdón porque de ello depende que seas escuchado y perdonado por Dios y tus semejantes. Muchas personas no logran pasar a otro nivel espiritual porque guardan rencores en su corazón.

Juan 6: 41-42 relata: Murmuraban entonces de él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo. Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido?

Cuando Jesús dijo esto, muchos se ofendieron y dejaron de seguirle. Jesús no pecó contra nadie, sólo dijo una Palabra que las personas delicadas no fueron capaces de tomar. Ahora es muy común esa actitud. Pecamos de extrema delicadeza, todo nos ofende y nuestra capacidad de guardar rencor que multiplica. En un corazón vulnerable no hay espacio para el perdón porque está lleno de ofensas recibidas. Hacer deporte entre cristianos es difícil, son muy delicados y no comprenden que el ejercicio físico es rudo. Cuando jugaba voleibol todos nos hablábamos fuerte para rendir mejor y nadie se ofendía. Al final del partido íbamos incluso con el equipo contrario a comer algo sin importar quién fuera ganador o perdedor.

Yo perdono todo porque quiero que Dios me perdone y escuche. Haz tú lo mismo. No podemos darnos el lujo de tener un corazón lleno de rencor si nuestra empresa está a punto de quebrar o tenemos cualquier otra circunstancia adversa. Si quieres Palabra y obra en tu vida debes perdonar, de lo contrario no serás escuchado. Además, el perdón trae bienestar físico. No hay descanso más reparador que el de aquel que no guarda rencores. Libérate del orgullo que te impide perdonar.

No es posible alcanzar la madurez sin ofensas. Si Jesús derramó su sangre para que fueras perdonado, tú debes ser capaz de hacer esa llamada telefónica y reconciliarte con quien sea necesario. No podemos buscar al Señor sin perdonar y en estos tiempos debemos tener Su oído inclinado a nuestras súplicas.

Resiste al diablo

En Santiago 4:7 leemos: Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.

Para que el diablo huya debes resistirlo. Hay un tiempo para atacar y reprender pero también hay otro para resistir porque la estrategia no siempre es agresiva. Toma autoridad en Cristo Jesús.

Hay momentos para resistir ya que con fe y paciencia se alcanzan las promesas en medio de los problemas. Dile a Satanás que tienes fe para reprenderlo y también para aguantarlo hasta que se vaya. Recuerda que para poder hacerlo primero debes someterte al Señor. Solamente quien se somete es levantado.

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